JUEGOS SIN FIN, de Italo Calvino

31.07.2013 17:54
Si las galaxias se alejan, el enrarecimiento del universo es compensado por la formación de nuevas galaxias compuestas de materia que se crea ex novo. Para mantener estable la densidad media del universo, basta que se forme un átomo de hidrógeno cada 250 millones de años por cada 40 centímetros cúbicos de espacio en expansión.
(Esta teoría, llamada del "estado estacionario", ha sido contrapuesta a otra hipótesis de que el universo fue originado, en un momento preciso, por una gigantesca explosión.)
Yo era chico y no me había dado cuenta - contó Qfwfq-. Los átomos de hidrógeno los conocía uno por uno, y cuando aparecía uno nuevo lo sabía. En los últimos tiempos de mi infancia para divertirnos sólo había en el universo átomos de hidrógeno, y no hacíamos más que jugar con ellos, yo y otro chico de mi edad llamado Pfwfp.
¿Cómo era el juego? Es fácil de explicar. Como el espacio es curvo, a lo largo de la curva hacíamos correr los átomos como bolitas , y el que mandaba más lejos su átomo ganaba. Al dar el golpe a el átomo había que calcular bien los efectos, las trayectorias, saber aprovechar los campos magnéticos y los campos de gravitación, si no la pelotita salía fuera de la pista y quedaba eliminada de la competencia.
Las reglas eran las habituales: con un átomo podías adelantar otro átomo tuyo y adelantarlo, o bien sacar del medio un átomo contrario.
Naturalmente se trataba de no dar golpes demasiado fuertes porque el choque de dos átomos de hidrógeno, ¡tic!,se podía formar uno de deuterio, o directamente de helio, y eran átomos perdidos para la partida; no sólo eso, sino que si uno de los dos era de tu adversario, tenías que pagárselo.
Ya se sabe cómo es la curvatura del espacio: una pelotita gira gira y en cierto momento se va por el declive y se aleja y no la atrapas más. Por eso,a lo largo del juego, el número de átomos rivales disminuía continuamente y el primero de los dos que se quedaba sin ellos había perdido la partida.
Y entonces, justo en el momento decisivo, empiezan a aparecerá átomos nuevos. Entre el átomo nuevo y el usado hay una buena diferencia: los nuevos eran lustrosos, claros, frescos, húmedos como de rocío.
Establecimos reglas nuevas: que uno de los nuevos valía por tres de los viejos; que los nuevos, apenas se formaban, debían repartirse entre los dos por partes iguales.
Así nuestro juego no terminaba nunca, y ni siquiera nos aburríamos porque cada vez que nos encontrábamos con átomos nuevos nos parecía que también el juego era nuevo y que aquella era nuestra primera partida.
Después, con el andar del tiempo, dale que dale, el juego fue perdiendo interés. Atomos nuevos ya no se veían; los átomos perdidos ya no se sustituían, nuestros tiros eran cada vez más débiles, vacilante, por temor de perder las pocas piezas que quedaban en juego, en aquel espacio liso y pelado.
Hasta Pfwfp había cambiado: se distraía, daba vueltas, no estaba cuando le tocaba tirar, yo lo llamaba y él no respondía, reaparecía media hora después.
- Dale , te toca tirar a ti, ¿que haces, no juegas más?
- Sí que juego, no fastidies, ya tiro.
- Bueno, si te vas por tu lado, suspendemos la partida.
- Uf, tantas historias porque pierdes.
Era cierto: me había quedado sin átomos, mientras que Pfwfp, quién sabe cómo, tenía siempre uno de reserva. Si no aparecían nuevos átomos para repartirlos, no había para mí esperanzas de compenzar la desventaja.
Apenas Pfwfp se alejó de nuevo, lo seguí de puntillas. Mientras yo estaba presente parecía vagabundear distraído, silboteando ; pero una vez fuera de mi radio se ponía a trotar en el espacio con paso decidido, como el que tiene bien pensado su plan. Y cual era su plan -su trampa, como verán-, no tarde en descubrirlo: Pfwfp conocía todos los lugares donde se formaban átomos nuevos y cada tanto daba una vuelta y los recogía en el sitio mismo, apenas prontos y los escondía.  Por eso átomos para tirar no le faltaban ¡ nunca!
Pero antes de meterlos en el juego, como tramposo impenitente que era, se dedicaba a disfrazarlos de átomos viejos, restregaba un poco la película de electrónes hasta dejarla desgastada y opaca para hacerme creer que era un átomo suyo de antes, encontrado por casualidad en un bolsillo.
Esto no era todo: hice un rápido cálculo de los átomos jugados y me dí cuenta de que eran sólo una pequeña parte de los que robaba y escondía.
¿Estaba preparando una reserva de hidrógeno? ¿Para qué? ¿Qué se le había metido en la cabeza? Tuve una sospecha: Pfwfp quería construirse un universo por su cuenta, nuevo, flamante.
Desde aquel momento no descansé‚: tenía que pagarle con creces. Hubiera podido imitarlo:  ahora que conocía los lugares, llegar allí con unos minutos de anticipación y apoderarme de los átomos recién nacidos, antes que él les echase mano . Pero hubiera sido demasiado sencillo. Quería hacerlo caer en una trampa digna de su perfidia. Como primera medida, me puse a fabricar átomos falsos: mientras él se dedicaba a sus alevosas incursiones, yo en un escondrijo secreto pesaba, dosificaba y aglutinaba todo el material de que disponía. En realidad ese material era bien poco: radiaciones fotoeléctricas, limaduras de campos magnéticos, algunos neutrones perdidos en el camino; pero a fuerza de apelotonar y humedecer con saliva conseguía mantener todo pegado. En una palabra, preparé ciertos corpúsculos que si los observaba atentamente se veía que no eran nada de hidrógeno ni de otro elemento nombrable , pero al que pasease de prisa como pfwfp para atraparlos y metérselos en el bolsillo con movimientos furtivos, podían parecerle hidrógeno auténtico y nuevo.
Así, mientras él no sospechaba nada todavía, lo precedí de vuelta.
Los lugares me los había metido en la cabeza.
El espacio es curvo en todas partes, pero en algunos lugares más que en otros: especies de bolsas o estrechamientos o nichos donde el vacío se abarquilla. En esos nichos es donde, con un leve tintineo, cada doscientos cincuenta millones de años se forma, como perla entre las valvas de una ostra, un reluciente átomo de hidrógeno. Yo pasaba, me embolsaba el átomo,y en su lugar dejaba el falso. Pfwfp no se daba cuenta de nada: rapaz, ávido, se llenaba los bolsillos de aquella basura, mientras yo acumulaba cuantos tesoros el universo iba incubando en su seno.
Los resultados de nuestras partidas cambiaron: yo tenía siempre átomos nuevos para poner en circulación, mientras que los de Pfwfp pifiaban. Tres veces trató de tirar y tres veces el átomo se desmenuzó como machacado en el espacio. Ahora Pfwfp buscaba cualquier excusa para anular la partida.
-Dale - lo apremiaba yo -, si no tiras, la parida es mía.
Y él: -Así no vale, cuando un átomo se estropea se anula la partida, se empieza desde el principio -. Regla inventada por él en ese momento.
Yo no le daba respiro, le bailaba alrededor, pegaba saltos de carnero y cantaba:
-Tiratiratiratira si no tiras te retiras cuantos tiros tu no tires otros tantos tirar‚.
- Basta -dijo Pfwfp-, cambiemos de juego.
- De acuerdo! - dije yo -. ¿ Porqué no jugamos a remontar las galaxias?
-¿Las galaxias? - De improvisto Pfwfp se iluminó de contento-.
Pero tú... tú no tienes una galaxia!
- Sí que la tengo!
- Yo también!
- ¡Dale!  ¡A ver quién la remonta más alto!
Y todos los átomos nuevos que tenía escondidos los lancé al espacio.
Primero parecía que se dispersaban, después se adensaron en una nube ligera, y la nube se agrandó, y en su interior se formaron condensaciones incandescentes, y giraban, giraban y en cierto momento se convirtieron en una espiral de constelaciones nunca vista que se cernía abriéndose en surtidos y huía, huía y yo la sujetaba por la cola sonriendo. Pero ahora no era yo el que remontaba a la galaxia, la galaxia era la que me remontaba a mí, colgado de su cola, es decir, ya no había arriba ni abajo sino sólo espacio que se dilataba también, y yo colgado haciendo muecas a Pfwfp distante ya millares de años-luz.
Pfwfp, apenas me moví, se apresuró a sacar todo su botín y a lanzarlo acompáñandolo del movimiento balanceado de quien espera ver abrirse en el cielo las espiras de una inmensa galaxia. Pero nada. Hubo un chirrido de radiaciones, un centelleo desordenado, y de pronto las cosas se apagaron.
-¿ Eso es toso? - gritaba yo a Pfwfp, que me insultaba verde de rabia:
- Ya te enseñaré‚, perro!
Pero entretanto yo y mi galaxia volábamos entre millones de galaxias, y la mía era la más nueva, toda ardiente de hidrógeno y de jovencísimo berilio, y de carbono infante. Las galaxias viejas huían hinchadas de envidia, y nosotros piafantes y altaneros les escapábamos viéndolas tan vetusas y pesadas. En esta fuga recíproca acabábamos por atravezar espacios cada vez más enrarecidos y desnudos, y ahora en medio del vacío veía nuevamente despuntar aquí y allí inciertas salpicaduras de luz. Eran otras tantas galaxias formadas de materia recién nacida, galaxias más nuevas que la mía. En seguida el espacio se ponía denso y atestado como una viña antes de la vendimia, y volábamos huyendo tanto de las jóvenes como de las viejas, jóvenes y viejas huyendo de nosotros. Y pasábamos a cielos vacíos y también estos cielos empezaron a poblarse, y así sucesivamente.
En uno de esos repoblamientos oigo: -Qfwfq,¡ ahora me las pagas, traidor! -y veo una galaxia nuevísima que vuela sobre nuestra huella, y extendido sobre la punta extrema de la espiral, desgañitándose en amenazas e insultos dirigidos a mí, mi antiguo compañero de juegos, Pfwfp.
Comenzó la persecución. Cuando el espacio era en subida la galaxia de Pfwfp, jóven y ágil, ganaba terreno, pero cuando era en bajada, la mía, más pesada, recobraba ventaja.
En las carreras ya se sabe cuál es el secreto: todo está en como se toman las curvas. La galaxia de Pfwfp tendía a cerrarlas, la mía en cambio a abrirlas. Abre que te abrirsé terminábamos fuera de la orilla del espacio, con Pfwfp detrás. Continuábamos nuestra carrera aplicando el sistema que se usa en esos casos, esto es, creando el espacio delante de nosotros a medida que avanzábamos.
Así adelante no había nada, y a mis espaldas venía aquella bestia de Pfwfp: en las dos direcciones un espectáculo antipático. Con todo, prefiero mirar adelante, ¿y qué veo? Pfwfp, que con mi mirada acababa de dejar atrás, corría con su galaxia justo delante de mí. - ¡Ah! - le grité -.  Ahora me toca a mí seguirte!
-¿Cómo? -dijo Pfwfp, no sé bien si detrás de mí o allí adelante -,  si soy yo el que te sigue!
Me vuelvo: Pfwfp seguía pisándome los talones. Me vuelvo otra vez hacia adelante: allí va escapándome, de espaldas a mí. Pero mirando mejor vi que delante de la galaxia suya que me precedía había otra, y que esa otra era la mía, cómo que yo iba encima, inconfundible aunque visto de espaldas. Y me volví hacia el Pfwfp que me seguía y aguzando la mirada ví que su galaxia era seguida por otra galaxia, la mía, y encima yo, que en aquel momento me volvía a mirar atrás.
Y detrás de cada Qfwfq había un Pfwfp, y detrás de cada Pfwfp un Qfwfq y cada Pfwfp seguía a un Qfwfq y era seguido por él y viceversa.
Nuestras distancias se acortaban un poco, se alargaban un poco, pero ahora era evidente que jamás el uno alcanzaría al otro ni el otro al uno. De jugar a corrernos se nos había pasado el gusto, y además, ya no eramos chicos, pero no podíamos hacer otra cosa.